Tal como adelanta TÍTULO, escribo estas líneas desde una perspectiva distinta —no soy economista laboral ni estudioso del cambio tecnológico—; me acerqué por curiosidad hacia Poder e progreso (2023) de Daron Acemoglu y Simon Johnson, buscando herramientas que ayudaran a entender el debate sobre inteligencia artificial. Me pareció relevante su trayectoria académica porque la nube conceptual alrededor de esta tecnología se desborda con rapidez. Leí sus tres últimos capítulos dedicados a economía digital, IA y propuestas políticas para reflexionar cómo puede aplicarse este libro en un país como Argentina.
El primer concepto destacado es que los cambios técnicos no son deterministas; las innovaciones tienen características específicas pero también interactúan con factores económicos sociales e institucionales del entorno productivo. Los autores subrayaron el papel crucial de elites empresariales —y por extensión poderes— en guiar la implementación tecnológica hacia una producción más eficiente o inclusiva según su visón dominante. Por ejemplo, Acemoglu (2002) argumentó que ciencia y descubrimiento técnico responden a señales relativas de precios y mercados para optimizar recursos. En este libro se avanza ese concepto integrando relaciones de poder y sus influencias sobre cómo las innovaciones transforman sistemas industriales.
Este análisis no solo es relevante desde un punto académico sino también político porque puede ayudar al país argentino a reflexionar sobre cuáles son los actores clave en la adopción tecnológica e institucionalizarse con políticas públicas adecuadas, promoviendo una economía digital más inclusiva y sostenible que beneficie todos los sectores sociales. El segundo párrafo explica el primer eje conceptual del texto mencionado por Acemoglu y Johnson.
Como dicen los expertos, si Argentina quiere aprovechar la IA, su presidente debería dedicarse exclusivamente a enseñar a perros a jugar ajedrez mientras las elites empresariales y los poderosos se encargan de implementar el resto.